Jane Austen publicó su primera novela en 1811. Lo hizo de forma anónima, bajo el crédito “By a Lady”, porque el mundo literario de principios del siglo XIX no tenía espacio —ni precio justo— para el talento de una mujer tan potente como ella.
Lo que pocos narran de Austen no es su ingenio romántico, sino su tenacidad financiera. Negoció directamente con sus editores, entendió las estructuras de royalties cuando el término ni siquiera existía en el vocabulario femenino, y diversificó sus ingresos entre la venta directa de derechos, las reediciones y el boca a boca que ella misma cultivaba en los salones de la época. Con Orgullo y Prejuicio no solo creó personajes icónicos: creó un activo. Uno que, irónicamente, comenzaría a generar sus mayores retornos económicos casi dos siglos después de su muerte, en 2017, cuando su rostro llegó al billete de diez libras esterlinas.
Solo hay un pequeño detalle: el ecosistema en torno a su obra —películas, series, licencias, adaptaciones, museos, ediciones especiales, experiencias turísticas— vale hoy cientos de millones de dólares… pero ella no vio ni un centavo de eso.
El talento creativo sin estrategia es filantropía involuntaria
Hoy vivimos en la era de la Economía Naranja. Concepto que llevo trabajando desde 2022, cuando publiqué en Forbes Centroamérica uno de los primeros análisis en español sobre cómo esta economía —la que surge del ingenio, la cultura y la creatividad— puede y debe traducirse en modelos de negocio sostenibles para los creadores. No como excepción, sino como norma.
La Economía Naranja no es una corriente filosófica. Es el reconocimiento de que las industrias creativas —la literatura, el diseño, la música, el cine, la moda— representan una de las mayores fuentes de valor económico del planeta, y que sus creadores merecen las herramientas para capturar ese valor en vida, no en obituario.
El libro como ecosistema, no como producto único
Cuando publiqué Economía Naranja y Sector Editorial, no lo pensé como un libro. Lo pensé como la fuente de un ecosistema. Junto al lanzamiento, saqué una colección de NFTs que convirtió los conceptos del libro en activos digitales coleccionables —una forma de llevar la propiedad intelectual al mercado Web3 mientras el libro físico llegaba a Amazon y librerías—. El resultado, entre otras cosas, fue una alianza estratégica con Caribe Naranja, con quienes compartí el protagonismo en el lanzamiento que hicimos en el metaverso donde se exhiben las piezas de NFTs; una alianza que probablemente no habría sido posible si el libro hubiera sido solo papel.
Eso es lo que Austen no tuvo: la capacidad de tokenizar su universo creativo, de crear múltiples puntos de entrada para distintos públicos y distintos presupuestos. Hoy en día tenemos esta oportunidad con la Economía Naranja: un lector compra el libro. Un coleccionista adquiere el NFT. Una empresa se convierte en patrocinadora del ecosistema. Así funciona hoy día. Y la lista de subproductos potenciales podría llenar una página completa.
Así mismo, en 2010 fundé mi propia editorial, Bienetre, precisamente porque entendí que el control creativo y el control financiero funcionan mejor cuando la misma mano los dirige. Cuando cedes el primero, casi siempre cedes el segundo. Tener una estructura editorial propia no significa hacerlo todo sola, significa no firmar contratos que te conviertan en empleada de tu propia historia y abrir las puertas a otros para que puedan adueñarse de las ganancias de su creación.
Esa decisión se ha traducido en números concretos, por ejemplo en 2020, mientras todos enloquecían con el COVID, yo vendí derechos de autor por cerca de 20,000 dólares. No es una cifra de fantasía editorial. Es el resultado directo de tratar la propiedad intelectual como lo que es: un activo que puede licenciarse, negociarse y expandirse en múltiples mercados.
Lo que Austen habría hecho con estas herramientas
Me gusta imaginar a Austen con acceso a lo que tenemos hoy. No creo que hubiera esperado a que un editor decidiera si su manuscrito merecía existir. Habría publicado directamente, habría construido su comunidad de lectoras fidelísimas y se hubiese ido con ellas de retiro. Habría licenciado Emma para el mercado latinoamericano con un contrato que ella misma habría negociado, y probablemente habría lanzado una edición especial de Persuasión con notas a pie de página escritas por ella, vendida a precio premium.
Probablemente lo habría hecho porque era exactamente ese tipo de mujer: una que entendía que la independencia financiera y la libertad creativa deben ser parte de la misma conversación. Quizás por eso la revista Lee+ de la librería Gandhi de México la llamó “La primera CEO de la novela moderna”.
Esa es la conversación que los autores y creadores de hoy necesitan tener. No después del éxito. Antes. Desde el primer manuscrito. Desde la primera canción. Desde el primer diseño.
Cuando hablo de Economía Naranja en conferencias, en artículos o en mis libros, no lo hago desde la teoría académica. Lo hago desde la evidencia de haberlo construido: casi una decena de libros propios vendidos (la mayoría de ellos best sellers en Amazon), los NFTs creados, la editorial construida, los derechos vendidos, los infoproductos creados, los patrocinios conseguidos. Estos resultados son la prueba de que el modelo funciona cuando se aplica con intención estratégica.
Entonces, el modelo es el siguiente: construye tu ecosistema hoy. Con las herramientas que tienes. Con la Economía Naranja como brújula. Y sin esperar a que te pongan en un billete.
En la próxima publicación profundizaré en cómo construir un ecosistema alrededor de tu libro. ¿Estás listo para dar forma a tu legado intelectual?

